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lunes, 16 de marzo de 2009

La isla doble F


Por: Kristya Castro

Estarán preguntándose; ¿por qué FF? “F” de fiestón, fogón, feriado, fritura, flojo o fofo. Los voy a ayudar con algunas pistas. Es algo que está en cada esquina de la Isla, hay muchos tipos de ellos, de diferentes colores, unos empiezan con letra “C” y otros con “M”. ¿Todavía?

Bueno, hace que la Isla luzca gorda, desde los niños hasta los ancianos. Y por último; sabe rico, pero es basura. ¡Ya lo sabes! Somos la isla Fast Food. Dicen por ahí que de cada ocho puertorriqueños uno es obeso, pero se equivocan. De cada ocho, uno es FLACO.

Tenemos los “fafu” en cada rincón de Puerto Rico, al lado de la casa, detrás del trabajo, frente al gimnasio, alrededor de las escuelas, iglesias y supermercados. Existen los de pollo frito, tacos, hamburguesas de cartón con queso falso y “sánguiches”. Hay aproximadamente dos mil restaurantes de comida rápida en esta diminuta Isla; pequeña en tamaño, pero grande en estómago.

Un conocido trabajaba en uno de esos tantos restaurantes de comida rápida que existen y quedaba estupefacto y anonadado cuando le pedían una quesadilla grande de carne, extra queso y extra sour cream, con papitas agrandadas, un pie de manzana y una botella de agua o refresco de dieta para, tu sabes; ¡no engordar!

Lo lindo del caso es que te lo sirven en una bandeja con papel que si lo miras por detrás tiene las calorías, grasas, colesterol, sodio, y todas esas cosas que nos hacen daño y nos engordan. Esto además de informarnos, trae consigo un cargo de conciencia pensando que jorobamos la dieta que empezamos todos los lunes. Es increíble, pero hasta las ensaladas de estos fast foods tienen sodio en extremo.

Existen muchas leyendas urbanas sobre estos lugares. Dicen que las hamburguesas son cartón con carne, que el chili lo hacen con sobras de hamburguesas, que los bizcochos vienen congelados y a veces están ahí durante meses. Todo podría ser tan falso como verdadero. Un documental que vi llamado Super Size Me trata sobre una persona que come las tres comidas, todos los días, de un restaurante de comida rápida conocidísimo y todo el tiempo agrandaba su combo. La parte más impresionante del documental fue cuando pusieron las papitas fritas durante un par de días afuera y se quedaron intactas, sin cambiar de color. ¡Parecían frescas y acabaditas de hacer!

Hoy día cuando caminas por los centros comerciales y observas a la gente, la mayoría son gorditos. El problema de esto es que los niños pagarán las consecuencias de la situación, ahora o en el futuro con enfermedades y trastornos físicos.

Mientras lo permitamos seguiremos siendo la Isla de los Fast Food, cada día con más chichitos y enfermedades. Cada día, acabamos sintiéndonos peor cuando rompemos la dieta del lunes. A lo mejor aprenderemos, cualquier día de éstos, que la comida típica del País o la preparada en casa, aunque contiene por naturaleza un “poquito” de grasa, es mucho más saludable que esa deliciosa porquería.

jueves, 29 de enero de 2009

El medidor extraordinario


Por Natalia B. González Delgado

Para muchos estudiantes el barómetro con el que miden la excelencia de los profesores está chueco. Estricto y exigente es sinónimo de “malo”. Fácil es lo mismo que “el mejor”. Utilizan descripciones como cool para apodar aquel profesor o aquella profesora que otorga infinidad de oportunidades para entregar trabajos tardes, “regala” días libres por puro chiste, y da A aunque su desempeño merezca F. Aburrido, lo peor e insoportable son las palabras más bonitas con las que los alumnos, comodones y algunos obsesivos con las Aes, distinguen a los profesores que entran en complejidad para cumplir con su tarea como corresponde. Quienes pasan por el proceso tedioso de descubrir qué quiso decir este estudiante en el escrito y señalar sus fallas para que mejore, aunque sepa que luego como agradecimiento le formará una perreta reclamándole por qué esto u aquello lo sacó mal. Aquel que otorga diversos trabajos para que se pulan y puedan salir bien preparados de su curso, es al profesor que muchos le quieren sacar los ojos.

Inexplicable. Nos dan más (calidad) por menos (paga) y se quejan para que nos den menos por más. Estos estudiantes facilongos que lloriquean y forman una pataleta si no sacan A, por las incoherencias en sus escritos, la sintaxis distorsionada y por la plaga descomunal de errores ortográficos y gramaticales, en lugar de observar con detenimiento cuáles son sus fallas para mejorarlas.

Ahí es que comienzan a traer, sin literalmente pedirlo, profesores flojones para que “los nenes y las nenas salgan bien”. Esos que dan clases porque para ellos es un hobby y se pasean los cursos como si simplemente se tratara de pararse frente a un escenario totalmente abierto a la improvisación y a la expectación de monólogos de su vida personal. Quienes se transforman en Bellas Genios o Genies y, peligrosamente, con su varita mágica: por simpatía, el Ay bendito y para “caerle bien” al estudiante, convierten las F en C, las C en A y así por el estilo según su mood del día.

Y aquel que toma de su tiempo para ver qué puede llamarle la atención al estudiante y al mismo tiempo aprender, que se faja buscando alternativas para ver qué podría hacer más dinámica su clase y así transmitir al alumno el aprendizaje, lo tildan de ridículo, lo menos que le dicen es charro y pierden el tiempo fijándose en detalles irrelevantes para burlarse.

Indigna escuchar compañeros y compañeras decir que tal o cual profesor es el mejor porque pasó la clase sin problema… y eso es lo que importa. Se quejan de ese que da mucho trabajo, sin evaluar que lo hace con un propósito sin que necesariamente sea hacerle la vida imposible al estudiantado. Olvidan cuál es la motivación de un curso y pasan por alto lo que significaría ese rezago para su futuro. Prefieren una calificación física (escrita) aunque no sea la que mida su capacidad real. Como si durante el tiempo de probatoria en el trabajo, se midiera el desempeño con la trascripción de crédito en la mano.

Lo que todavía me mantiene con esperanzas es que de la misma forma coincido con compañeros que piden a gritos una educación de calidad y con profesores que están dispuestos a otorgarla, a quienes les interese. ¡Qué suerte! Al menos aún quedan quienes tienen el barómetro nivelado.


“Llegué tarde porque no hay parking”


Por Yesenia Medina

Son muchas las quejas que expresan los estudiantes de Sagrado Corazón sobre la insuficiencia de estacionamientos en la universidad. Realmente, yo no les había prestado mucha importancia a esas expresiones, ya que no había pasado por ninguna experiencia negativa a la hora de estacionar mi vehículo. No fue hasta días después que comprendí y acepté el problema del cual todos estaban comentando. Mi horario regularmente era bien temprano en la mañana o después del mediodía, pero un día llegué a eso de las 9:30 am. Definitivamente, esa es la hora en la que la mayoría de los estudiantes entra a tomar clases y por lo tanto, reinaba el lento flujo vehicular y la falta de estacionamiento.

Después de hacer una fila extensa, de más de diez minutos, para poder entrar a la universidad, me encontré con la situación de que todas las áreas destinadas para estacionamiento estaban llenas. ¡No había estacionamiento! Los estudiantes daban rondas y rondas en busca del primer espacio disponible. Los guardias siguieron abriendo áreas destinadas para estacionar vehículos, localizadas en la parte de atrás del kindergarten y otra al fondo del estacionamiento frente a la residencia de damas.

Todos estos estacionamientos se llenaron en un abrir y cerrar de ojos y aún quedaban personas buscando donde estacionarse. La verdad es que la cantidad de estacionamientos, en comparación con el volumen de estudiantes matriculados de 9:00am a 11:00am, no es suficiente. Luego de una exhaustiva búsqueda encontré un solo espacio disponible y por cierto, muy lejos del edificio que me tocaba tomar la clase. Así que se podrán imaginar, que por más rápido que caminé, llegué tarde a la clase.

Esta es la historia de muchos estudiantes de Sagrado que se matriculan en el horario que consideran cómodo y pagan un permiso de acceso, de $30.00 por semestre o $50.00 por dos semestres, para poder estacionar su auto de forma segura dentro de la universidad. Sin embargo, reciben a cambio estacionamientos ocupados o reservados para los invitados de alguna actividad de la Universidad y si queda algún estacionamiento disponible se encuentra en un área muy apartada y poco confiable. Lo peor de todo es que el tiempo sigue corriendo y después del esfuerzo de encontrar el estacionamiento, el estudiante llega tarde a la clase perdiendo fragmentos de enseñanzas y obteniendo una “T” segura en la tarjetita del profesor, sin excusas admitidas.

Es necesario que la universidad le ofrezca a los estudiantes servicios de alta calidad para que se sientan complacidos luego de pagar la matrícula. Por esto, esperamos que la administración de la Universidad del Sagrado Corazón pueda reconocer este problema existente, pero más que todo, que actúe y resuelva el mismo con prontitud y diligencia.

‘Condado $, pobres fuera ya’


Por Natalia B. González Delgado

Miles de interrogantes bombardean a mi mente. Aún sigo sin entender el motivo de esa nota: “Condado $, pobres fuera ya”… Me reí. Esta situación me hizo recordar las toneladas de veces que mis amistades me han comentado que en Sagrado estudian “las más finas”.

Al repasar en mi mente
esta frase, que leí en uno de los cubículos del baño de damas que está ubicado en la planta baja del Edificio San Miguel, me pregunté: ¿por qué alguien “con tanto dinero” vive en una Isla que actualmente se enfrenta a una recesión económica?

Luego de unos segundos me cuestioné: ¿cómo puede soportar vivir aquí?, si lo más que hay en nuestro País es pobreza. Gente con deudas, que trabajan día a día para pagarlas o que se esconden porque no saben de dónde sacar el dinero para saldarlas. Y me pregunto: ¿se habrá cuestionado si valdrá la pena mutilar las instalaciones que ella misma paga, para escribir una insensatez que ni entiende? Luego de un tiempo medité… con razón no se molestaban en arreglar los baños, si es que siempre vuelven a lo mismo. Forran sus alrededores con mensajitos “tiernos”, “decoran” el techo, las paredes y el piso con el papel de baño y para culminar la “obra maestra” dejan el inodoro sin bajar y la tapa sucia.

Después de todo este análisis me pregunto, cuando estos seres regresan al baño ¿con qué se limpiarán?, ¿se sentarán sobre el orín que dejaron? Y los mensajitos… ¿los leerán para recordar su “obra de arte”, o se deleitarán diseñando “piezas” nuevas? También me cuestiono, estas chicas… ¿merecerían tener la “gran fama” de ser “las más finas”? No lo sé… En fin, cómo dicen por ahí… “el que se pica es porque ají come” y, para seguir avalando los clichés, “a quien le caiga sello que se lo ponga”… y a la que no, que “pichée”.

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