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viernes, 13 de febrero de 2009

La foto

Por Héctor Luis Rivero López
"Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso".

El día en que se lo llevaron lo contemplaba desde la ventana. Él recogía unas rosas en el jardín. Se veía tan bello y tranquilo que saqué mi cámara para tomarle un par de fotos. De pronto llegó un carro patrulla y se bajaron dos hombres altos con trajes negros y sombreros metálicos. Lo tomaron por los brazos y levantándolo del suelo como si fuera un saco de plumas se lo llevaron. Parecía un niño entre dos gorilas. Grité indignada y corrí. Pero fue en vano. Pocos metros antes de llegar a él para protegerlo, lo metieron al auto; apenas pudo dar vuelta a la cabeza para mirarme. Enfoqué mi cámara como último acto de voluntad. En el momento en que disparé, sonrió como sólo puede hacerlo un ángel. Sus ojos grandes parecían decirme "no te preocupes, todo va a estar bien". Y desapareció como una sombra dentro del Lincoln.

Mi mente entendía la tragedia aunque su expresión inundaba mi corazón de paz.

Y ahora me encuentro aquí, ofuscada; parada en la acera con la nariz pegada al cristal del escaparate de esta librería de libros de ficción. Trato de recordarlo mientras miro la foto de un diario amarillento del 21 de marzo de 1937. Bajo el titular ¡Abajo los asesinos! hay una fotografía que muestra a dos polizontes que sujetan por las manos a un hombrecito extraño que sonríe con dulzura. Más abajo, en letras pequeñas unas palabras: masacre de Ponce. Algo en ella me intriga. No sé si es que se me hace difícil comprender, o es que no puedo recordar. Es como si yo misma hubiese estado allí en el momento en que dispararon la cámara.

Llevo en este lugar un largo rato, tal vez toda mi vida, no sé, ahora escucho un sonido; algo como un zumbido. Y me doy cuenta de que soy una anciana. De pronto siento una vibración bajo la piel de mi muñeca derecha. Escucho un sonido agudo y pausado, y una lucecita roja intermitente me alumbra la cara. Sus autos blindados me rodean. Se me hace imposible entender lo que gritan. Imagino que me llevarán de regreso al sanatorio.

Miro por última vez los ojos tristes del hombrecito de la foto. ¿En cuantas escenas de matanza y desastre has estado sonriendo dulcemente, pequeña criatura? No puedo recordar quién eres. Me pregunto por qué siento que te veré pronto en un lugar donde aunque hubiese enemigos, el amor nunca desaparecería.

Carta para el señor cardenal

Por Héctor Luis Rivero López

A Enrique Vila Rosado

Su Estimada, Reverendísima Eminencia Señor Cardenal:

Me llamo Casimiro Pascual De la Torre. El motivo que me obliga a escribirle a usted e interrumpir su sagrado y laborioso día, es que tengo problemas con mi señora por causa del nuevo párroco de la capilla de Monte Arriba. Ella, mi esposa, se llama Margarita Figueroa, y también es una fiel y devota católica, apostólica, romana como yo. Resulta pues, déjeme decirle, su reverendísima, que desde pequeño he dedicado toda mi vida a llevar el catecismo a mis hermanos. Muchas hostias por mis manos han pasado, que yo mismo preparaba en la tostadora del padre Robino, y que por supuesto, han tomado grandes personalidades de mi pueblo, desde luego, personas ya consagradas al servicio de la voluntad de Dios y María. Son pocos los sacramentos que me quedan por tomar, y espero que el último sea el de la extrema-unción, cuando mi alma se decida partir hacia la eternidad y así poder encontrarme con todos los santos de mi devoción, y espero que sea el padrecito Robino el que me la dé.

Señor Cardenal, para mi es un gran honor haber sido proclamado diácono de la parroquia María De Los Vientos, pues en ella hice mi primera comunión, fui cursillista y dirigí muchos retiros matrimoniales, y este año pienso irme de vacaciones a Jerusalén, pero primero iré al Vaticano para poder ver la santa cede y disfrutar de la misa papal dominical. Además, todos los domingos, después de la misa, me dedico a llevar a un grupo de hermanos feligreses a la montaña santa en Juanajuate, cerca de la capital, y nos hemos impuesto la meta de rezar cinco rosarios en tan sólo tres horas.

Bueno, lo cierto es que mi esposa y yo hemos compartido en las actividades de pastoreo parroquial. Todo nos marchaba al dedillo hasta el día en que llegó el nuevo párroco a ocupar la capilla del Nonato, situada en Monte Arriba, barrio cercano al mío. Esa iglesia la administraba, digo, perdón, la pastoreaba un sacerdote capuchino, de la orden de los descalzos, muy buena gente él porque era bastante feo, pero no sé por qué se lo llevaron a otro lugar. Bueno, lo cierto es que ahora éste nuevo padrecito, llamado Rosendo Rivera, que también es de los descalzos, ha cambiado las cosas, ya que según se dice, es amante de la nueva teología esa de la liberación. Pues, sucede que mi esposa se enteró del nuevo padrecito y ahora resulta que le gusta mucho ir a sus misas. Le confieso, señor cardenal, que los celos me consumen, pues también para colmo ese padrecito es joven y muy guapo, y Margara esta fascinada con él. ¡Ay!, mi Margarita es otra y ya no me cocina los amarillitos en almíbar, como solía hacerlo antes, sino que ahora, encima de hacerlos de otra manera, los coge y se los lleva al padrecito ese! Señor Cardenal, nos estamos divorciando, y todo por culpa del padrecito ese. Me duele mucho que tenga que romper el santo sacramento del matrimonio, pero ya no puedo más. Ya no rezamos el santo rosario juntos, ni ella va conmigo a la iglesia del padre Robino; prefiere ahora ir a limpiar la oficina del padrecito.
Señor Cardenal, ¿qué usted me aconseja, por favor? Ya van más de dos años que estamos separados. La semana santa ya no es la misma y la cuaresma es una agonía, respiro triste y solo.

Adjunto le incluyo mi dirección, teléfono y fax de la parroquia. Necesito su consejo espiritual. Le pido su bendición.

Muy servicialmente de usted queda,

Casimiro Pascual De la Torre


P.D. Si fuera posible déle una asignación especial a ese padrecito, me haría usted un gran favorcito. Envíelo a Centro América, ya que él está muy preparado para atender asuntos relacionados a la teología esa de la liberación, y allá hay mucho catecismo de guerrilla. Bueno, desde luego, esto es una sugerencia amorosa… como usted ve, le envío un cheque muy sustancioso...píenselo bien.

jueves, 29 de enero de 2009

Nada más queda


Por Shara Lávender


Todo se quemó. Millones de páginas mezcladas con pirámides de cenizas de cigarro apiladas dentro de un coco seco y ahuecado… mientras escribía….
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Unas líneas curvas, escritas con vaivén y vino sobre una servilleta, dieron pie a la historia que arrebujé bajo mis dedos durante casi un año de poco dormir. Aquél chico y yo nos habíamos visto en algún lugar, no pude precisar dónde, por lo que comencé a preguntarle sobre diversos asuntos (buscando recelosa dentro de mis recuerdos). Mencionó el nombre de la universidad donde estudié literatura y pude recordarlo… era el encargado de la planta física. De pronto, mi atención y mis preguntas se mezclaron con los sorbos de vino y la historia que comenzó a contar.

Oye, y… ¿Te acuerdas de Lolita? Si, la del pelo largo rubio.

No… ¿Cómo dices que era? –y me moví impaciente en la silla alta, buscando la atención del joven barista.

Chica, la que era novia de Papote, el que jugaba en el equipo de basque.

Si, si… ahora me acuerdo. ¿Qué pasó con ella? –pregunté sin saber de quién se trataba, llena… llenita de curiosidad.

Pues ahora vive en Ponce. Es que baila allá…. tú sabes, a eso le llaman el teibol dancin…

Me quedé muy pensativa aquella noche y como muchas otras, no pude dormir. Las ideas me volaban por la frente, las oraciones flanqueaban el lado izquierdo de mi cerebro y el lado derecho redactaba lentamente el primer párrafo de mi novela, mi criatura…

Cuando no soporté la danza de letras me levanté y, en una libreta de páginas amarillas, desdoblé y redoblé a Lolita. La llené de ficción, la hice mitad humana y mitad personaje… la plasmé entre las páginas de un cuaderno mal usado y después a mi computadora. La dibujé con mis palabras como la pude imaginar y fotografié sus pasos como los pude haber sentido al pisar con tacones altos las calles de los leones. La coloqué aquí, allá y sobre todos los cuerpos. La hice tocar lo más nauseabundo y al final le coloqué alas de mariposa y la hice renacer.

Me decidí por fin a presentar el manuscrito y, para mi sorpresa, fue aceptado con regalías. El editor no quería esperar más tiempo para lanzar la novela y yo no se lo había dicho a nadie. Tenía miedo de Lolita (ahora convertida en Amelia) y de lo que sucedería cuando los demás la conocieran. Tenía una extraña turbación respecto a mis padres y mi abuela, con quiénes vivía en una urbanización acomodada. ¿Qué pensarían? ¿Qué andaba yo de cabaret en cabaret escribiendo mi tesis literaria? ¿O que quizás era yo, en efecto, la propia Lolita convertida por los retazos de mi pluma en Amelia de los Corazones? Mi padre nunca se explicó el aire literario. Pensó que estudiaría astrología cuando me sorprendió varias noches observando la luna.

En estas divagaciones pasaron tres meses y la novela agotó la primera tirada en semanas, por lo que salió publicado un artículo en la prensa que reseñaba el libro: ‘‘Mariposa con alas nuevas’… Shara Lávender.

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Mis padres entraron al estudio. Aquél era mi aposento. Libros olvidados por muchos y desterrados por otros; obras de siglos pasados, muestras originales de Edgar Allan Poe y una colección de ediciones sobre La dama de las Camelias, obtenida a un módico precio… todo estaba perdido.

Cuando entré a la habitación, mi dedo sorprendió la portada de Ana Karenina entre la rejilla de la puerta. Dentro de un cajón de aluminio aún saltaban las chispas de cientos de páginas, picadas finamente en pedacitos y quemadas ligeramente, como para no borrar las letras. Parecían tiras, fragmentos de poesía desgarrada y hundida por una censura latente. Allí yacía la historia de Madame Bouvari y se revolcaba Marguerite Gautier por su terrible desición de amor. En aquél zafacón cuadrado agonizaba Bocaccio y la tinta de Maupassant decoloraba mis anhelos sobre tomos de Las mil y una noches. Textos de Colette, todos en francés, levitaban sobre el poco humo que produjo la hoguera.

Fue así, de esta forma y luego de este suceso, que me volví desmemoriada. Quizás por la medicación de Salvia olvidé todos y cada uno de los argumentos de aquellas grandes obras de la literatura, confundidas ahora con el polvo del Sahara. Entonces, se agrietaron mis alas de mariposa y todo se tornó frío. Aunque ya no puedo volar y todo parece tan frívolo, en mis noches de desvelo reinvento la historia de aquellas mujeres… son ellas las protagonistas de una historia donde nada más queda.

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